Un año más tarde

Elur murió el 23 de agosto de 2025. Ha pasado un año y no olvido sus últimos días. Se enfrentó a una enfermedad que, literalmente, lo devoraba por dentro. Resistió años. Pero, al final, nadie puede mantener tanta resistencia durante tanto tiempo.

Recuerdo el último mes y, especialmente, la última semana. Fueron dos años horribles, pero esos últimos días fueron una constante punzada en lo más profundo de las entrañas.

No voy a engañarme ni a ignorar sus últimos momentos. Estirado, exhausto, sin poder ponerse de pie, sin comer por días, únicamente recibiendo suero de forma precaria para evitarle la deshidratación. Incapaz, siquiera, de resistirse al suero por la falta de energía. Y en un momento, sentado en el suelo junto a él, notar sus espasmos, tomar su pata y únicamente poderle decir «no» mientras cerré los ojos esperando un milagro. Y Elur, buscando con su mirada a mi madre, para irse con la imagen de alguien que lo tranquilizó. Y eso fue todo. Ese fue el fin.

¿Conseguí lo que quería? No, fracasé. No se puede derrotar a la muerte. Lo sabía, como lo sabemos todos, pero mi obligación era actuar como si fuera posible. Aun a sabiendas de que el resultado sería perder a Elur de todas formas. No es un consuelo; quizás lo haga más difícil. La aceptación suele conllevar más calma que la negación y la confrontación. Pero únicamente negarme a rendirme ante lo inevitable me llevó a poder aprovechar toda la resistencia que mostró Elur para mantenerlo con nosotros. Consumí toda mi voluntad, paciencia y recursos en ello. Me consumí a mí mismo. Pero mejor eso que ver cómo se consumía Elur mientras yo no hacía nada. No soy un angelito ni un héroe, puede que sea todo lo contrario, pero no crecí para ver cómo mis seres queridos caen mientras yo me quedo impasible. Me frustré, me enfadé y toda la impotencia de ver la vida de Elur escapándose entre mis dedos se me quedó pegada como una prenda mojada. Y aun así no iba a soltar la cuerda. La muerte es implacable, pero no inaplazable. Mi disculpa, que es poco o nada, es saber que esa característica tan odiosa como ser tozudo e inflexible hasta el abismo fue la cualidad que me permitió ayudar a Elur a continuar un día más. Y otro más. Y así durante más de dos años. Elur no derrotó a la muerte, pero la frenó más tiempo de lo que cualquiera podría esperar.
A veces, ganar tiempo en una guerra imposible de ganar es la mayor victoria. A veces, la deshonra no está en perder. A veces, la honra está en no bajar la cabeza.

Ello demuestra que hasta el ser, en apariencia más pacífico, dulce y bondadoso, la criatura más entrañable que he conocido, dispone en su interior de esa pequeña chispa que, llegado el momento crítico, se convierte en llama irreductible contra la fatalidad.

¿Consuela? No, pero es el mayor orgullo. Ese mismo perro feliz y torpón que no tenía un gramo de maldad plantó el culo frente a la parca y le dijo: «Te va a costar, guapa». El mismo perro, con la mirada más pura e inocente que he encontrado jamás, resultó ser, a su vez, el más irreductible guerrillero. Y ese perro era Elur, el pequeño perro pocho.


Elurvaz un año despues

Al final, no somos dueños de nuestro sino. Pero podemos elegir entre ser rehenes de la fatalidad o señores de nuestras acciones.


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