Mi futuro

De adolescente y, posteriormente, durante la universidad, a veces me planteaba qué clase de cuarentón o cincuentón sería. Había muchos modelos.

Por ejemplo, el tan ibérico macho de pecho pelado con cera o láser, tripa cervecera más tensa que una tienda de campaña, moreno de playa, gafas de sol y fotos sacadas en alguna terraza de playa o dentro del coche. El mismo prototipo que en un fin de semana sale con los colegas, porque tras el divorcio ya no tiene mucho motivo para salir con la señora, y posa con un BMW con la cabeza inclinada y haciendo un gesto con el puño y el pulgar levantado. Señal inequívoca de que el macho español ha llegado a su etapa madura y previa a cambiar los pantalones pitillos por el maillot de ciclista y dar por culo por toda carretera secundaria que se le tercie tras un desayuno generosamente regado con cerveza.

No, ese estilo no se me ajustaba. Me queda mal el moreno y el pecho pelado. Y aunque comparto amor por la gastronomía, mi afición al alcohol es menos que nula. Además, la playa es para guiris, pateras y lagartos. No soy ninguna de las tres cosas.

Otro modelo era el de adulto consolidado pero inmaduro y con tendencia a la falta de recato. Es el modelo que yo llamo «modelo tío soltero», que siempre se relaciona con el tío guay, hasta que te das cuenta de que el modelo suele basarse en tráfico de drogas, pufos, incapacidad de mantener la atención durante 5 minutos y narcisismo. Es un enorme TDAH descontrolado que ha llegado a adulto porque aún no ha encontrado un enchufe de colores en el que meter los dedos. Y no hay sobrinos, así que descartado.

También tenía un modelo desarrollado por mí. Acabar la carrera, trabajar de sociólogo, casarme y tener críos. Y llegar a los 40-50 con trabajo estable, parienta y otra generación. Afortunadamente, una vez más, el ocaso social y el gobierno de España pusieron orden para impedir que tal barbaridad ocurriera. Lamentable imaginar a un licenciado español con una vida convencional. Se comienza así y se termina con cambio climático radical, fascismo extremo, ultrainsolidaridad, bajadas de impuestos, destrucción del ecosistema, epidemias cada vez más corrientes, veranos más cálidos y sorbetes más fríos. A la basura esta opción.

También me quedaba la opción de hacerme urbanita contemporáneo. El ejemplar tiene varios subejemplares. Por ejemplo, el otaku. Ejemplar artístico y narcisista, amante de sí mismo, de los videojuegos y de las chicas de dibujos animados japoneses. Onanista empedernido cebado con yakisoba y entrenado en los más altos estándares de llevar camisetas que llevaría un adolescente de los 2000, pero talla XXXL y con calvicie patente. Paso, me gustan las camisetas ofensivas que puedo entender, no las camisetas en japonés.

Otro subejemplar similar es el bohemio retro. Suele aparcar el fetichismo nipón y desarrolla una vertiente más artística y más autónoma. De hacer collares con macarrones y ceniceros pasó con gusto a creerse artista por alguna clase de formación no reglada que complementó con alguna licenciatura de ciencias sociales o humanas para no tener que trabajar y poder tener discusiones absurdas en las que sentirse superior en facultad a pleno tiro de porro. Envejece, no cambia la bicicleta con la que iba a la uni y que sigue oliendo a cachimba, pero se hincha como un balón de playa. Parece que su ego no es lo único que estaba alimentando. Rechaza la modernidad, pero pretende comprarse un coche japonés. Es muy alternativo y quiere trasladarse al campo cuando siempre ha sido una rata de ciudad. Se fue a un mercadillo medieval dos veces, vio negocio en vender mierda hecha a mano a hippies y decidió que ese sería su futuro: un taller en el culo del mundo haciendo cosas a mano que se asemeja a lo que hace un escarabajo pelotero. Con suerte, se hace recreacionista y lo puedes encontrar vestido de fieltro de colores como si fuera un elfo gordo de Papá Noel. Ni de coña, soy demasiado de campo para esa payasada.

El otro subtipo es el de fitness way of die. Ejemplar que sucumbió a ser emo, luego hipster, más tarde vaya a saber y ahora se dedica a esculpir un cuerpo que antes solamente le servía para ponerse la ropa encima y disfrazarse de algo. Ahora se disfraza de tipo sano. Se acabó sucumbir a modas opresivas, que si barbas, nueva temporada de ropa carísima, aceite para el pelo y los folículos, tatuajes de una pin-up en el antebrazo para tapar el anterior tatuaje tribal de los 2000. Ahora sigue su propio camino. Mallas de 200 pavos, zapatillas, mochila militar con algún parche rancio de Amazon y a volar. Primero pesas, luego lo llama fitness, se pone palote con la Spartan Race, luego se mete a CrossFit, y ahora se toca pensando en Hyrox. Todo ello grabado con trípode y mostrado en redes para deleite de 2000 mujeres que le ignoran y 60 maromos que se lo comerían como un Sugus. Me resulta imposible seguir esa escalera de subida hacia el el masoquismo. Me estreso solamente de pensarlo, descartado.

Así que llego a mis 36 sin estar casado ni divorciado, sin críos, sin perro y sin una referencia clara. Bueno, podría ser peor, podría ser ciclista.

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